El lector del cielo. Epílogo

250329 ELDC epílogo

Epílogo

No esperaba un regreso triunfal pero sí, al menos, algo de reconocimiento.

Aunque recibir agradecimientos por algo que el mundo ignora que sucedió no es de esperar.

Superada la sorpresa inicial y las razones mentirosas que dimos a nuestra resurrección (Xavi y yo acordamos decir que habíamos estado retenidos en una isla hasta que logramos fabricar algo parecido a una balsa y escapar de la marea… ¡Gracias Zemeckis!), tenemos más problemas de los que nunca pude prever.

Han pasado casi dos años desde que desaparecimos. El tiempo en el universo de Wautto y en este no corre a la misma velocidad, por lo visto. Para nosotros, apenas han transcurrido tres meses.

Investigaciones, batidas de búsqueda, declaración oficial de muertes, funerales, asunción de responsabilidades, cobro de indemnizaciones… resulta que el dinero que Míster Werner esperaba conseguir con mi crónica de la tormenta Jordan desde cerca quedó en nada al lado de lo que sacó por nuestra muerte. Al aparecer vivos, aparte de tener un infarto triple, el presidente se enfrenta a un proceso por fraude del que aún no hay sentencia firme. Pero pinta mal. Lo que Wisconsin TV cobró por mor de aquel papelito que firmé el día antes de partir, tras un demasiado dilatado tiempo de celebraciones privadas, fue invertido en la cadena. Pero no todas las inversiones salen bien. Si se hacen borracho, menos. Cuando regresamos a la vida y al mundo, no quedaba nada en la caja para saciar la sed de las malvadas aseguradoras que, por una vez, fueron ellas las que se sintieron engañadas tras haber pagado a quien no lo merecía. La demanda interpuesta va a mandar a la ruina a la empresa.

Así que, en vez de héroes que han vencido a la adversidad y la muerte, somos para todo el mundo cómplices de un desfalco masivo a las inocentes compañías de seguros. Ya se habla de concurso de acreedores, quiebra, despidos… por nuestra causa. Miradas suspicaces, cuando no de franca hostilidad, nos persiguen por los pasillos del edificio.

—¡Estabais mejor muertos! —Es una de las lindezas que oigo más a menudo a mis espaldas.

Hemos recuperado nuestro trabajo por imposición judicial, pero a costa de despedir a nuestros sustitutos. Debían ser las personas más queridas del mundo después de Papá Noel. Las lágrimas por su destitución fueron tantas que diluyeron en nada las sonrisas obligadas ―forzadas, sería mejor decir― por nuestro retorno.

Xavi se ha adaptado más rápido que yo. Pronto las carcajadas y frases de adolescente con exceso de hormonas volvieron a su vida, a la vez que las chicas sin sesera que visitan su Volkswagen Corrado. Muy de tanto en tanto, sus ojos proyectan la imagen de su emperatriz y algo parecido a un recuerdo taciturno tiñe su gesto de melancolía. En esas raras ocasiones, la estupidez, brújula habitual de su vida, lo abandona y me dedica una media sonrisa medio cómplice. Cómplice de algo conmigo, supongo. No dice nada. No hace falta.

No hemos vuelto a comentar aquello. ¿Para qué?

Aunque nadie me hable, ni tenga el entusiasmo de Xavi para consolarme, lo cual no es un cambio demasiado relevante respecto a mi vida anterior, no sucumbo al desaliento. Pero no logro volver a ser quien era. Todo lo que nos sucede nos altera de un modo u otro. ¿Cómo nos cambia una experiencia en otra realidad en la que se presencia en primera fila todo cuanto más amamos del mundo? ¿Cómo nos cambia vivir una fantasía en un mundo real y, sin embargo, imposible? No tengo respuesta, ni pretendo tenerla. Solo puedo llevar conmigo esas dudas cartesianas, como una rémora que nunca se irá de mi tripa.

Alguien abre mi puerta. Sin llamar. Solo puede ser Mónica.

—¡Manu! —Ahí está—, en cinco minutos, en el aire.

En ella nada ha cambiado. Su gesto de coqueta incorregible que no quiere ser corregida es de lo que más consuela de este nuevo viejo mundo. Es una roca a la que puedo aferrarme para saber que hay algo, al menos algo, inmutable. No ha cambiado ni tiene intención de hacerlo. Tras darme el mensaje, se marcha.

—¡Mónica!

Regresa. Se asoma, exhibiendo más que sugiriendo. Su pelo está más largo de lo que recordaba.

—¿Sí?

—¿Quieres salir luego a tomar algo por ahí?

Nunca había visto sus ojos tan abiertos. Tanto, que me doy cuenta que en el iris marrón tiene unas leves puntitas que, estaré soñando, parecen rojas. Me mira como si fuera un perro de tres cabezas y siete patas que estuviera tocando el piano.

—¡Ja! ¿Tú quién te crees que eres? ¿Yo, yooooo… salir contigo?

Una carcajada, un giro con ese donaire que solo ella posee, y se marcha, dejando un leve tufo a perfume. Un día voy a decirle cuatro cosas.

¡Qué bien sienta volver a casa!

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Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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