El lector del cielo. Capítulo 15: Doquiera

250324 ELDC cap 15 DOQUIERA

15.- DOQUIERA

No me gustan las despedidas.

Me siento levemente culpable por no sentir esos afectos que todos exhiben. Tantos abrazos, tantos buenos deseos de futuros reencuentros… Al final, son solo momentos estúpidos e incómodos que, por suerte, duran poco.

Pese a ello, Lairgnasata insiste en celebrar una especie de banquete de despedida. Xavi y yo somos los invitados de honor. Xavi, levemente magullado, es tratado como un héroe desde lo que se ha dado en llamar la Batalla de los pueblos en el arenal Kepol. Su altura y corpulencia opacaron su torpeza con las armas y, por encima de todo, lograron amedrentar al enemigo hasta convertirlo en un titán cuyas hazañas se recordarán por centurias. Se cuenta que los boqmurek huían de él con solo verlo. Dicen que mató a más de cincuenta él solo. Yo no lo creo. Por tres razones. Una, la facilidad con que entran en el terreno de la leyenda lo que no son sino meros hechos casuales. Dos, que Xavi no es capaz de matar ni a una cucaracha que pisara sin querer. Tres, que si fuera cierto no pararía de presumir. Y no lo hace. Algo ha cambiado en él. Deambula de un lado a otro cariacontecido, como el huérfano que se sabe demasiado mayor para permanecer en el hospicio. Dentro de poco una nueva vida, peor que la anterior, comenzará para él. Habló con la Emperatriz tras la batalla y Xavi no acabó la conversación de buen humor. Algo en él está roto. O acabado.

Nuestra presencia aquí también lo está.

De la fiesta y la comida, no me acuerdo.

Lairgnasata cree que puede convocar a los cielos para crear una tormenta como la que nos hizo llegar a este lugar. Dice que, pocos días antes de vernos, sintió una vibración especial en sus particulares charlas. Cree ser capaz de reproducirla. Le imploré que lo intentara.

Mañana es el día. Esta es, así lo espero, nuestra última noche en Wautto. Como si quisiera regalarnos algo especial, tras la cena ha creado algo parecido a una aurora boreal, pero en este territorio tan similar a nuestros trópicos. Miro embobado este nuevo espectáculo que nunca más presenciaré. No sé si soy el ser más afortunado de la historia o todo no es sino la mayor desgracia que pudo haberme sucedido. Luces rojas, verdes, azules y, sobre todo, amarillas, bailan en el firmamento y dejan caer rastros de su presencia hacia mí. En un último fogonazo, las líneas luminiscentes dibujan una espiral: eso quiere ser la tormenta de mañana.

Amanece.

Una alborada demasiado vulgar, al compararse con los portentos del pasado reciente. Pero, ¿quién decide el tiempo que hace? Ah, claro: Lairgnasata. Aún estoy aquí y ya comienzo a olvidar lo extraordinario de este lugar.

Nos prestan uno de los barcos que utilizaban sus enemigos. Nos explican cómo navegar con él. No es complicado. Menos, si una magia imposible gobierna el timón. Según avanzamos hacia el corazón de este océano de nombre ignoto, en manos de una brisa suave demasiado directa como para ser natural, todo el pueblo boqmu nos despide en la costa.

Excepto Giselata.

Miro atrás por última vez. Ella no está. Si estuviera ahí, sé que la distinguiría entre el gentío.

En la noche pasada hablamos.

Dentro de un tiempo, pues en su cultura es aún demasiado joven, sustituirá a su padre. De momento, ostenta el mando de los guerreros y ha sido nombrada taraq. Es la segunda dignidad, solo por detrás de la emperatriz y del cargo que ostentaba Luhuata. Pero, a mis ojos, sigue siendo una mujer en el cuerpo de una niña que despierta en mí sentimientos que no logro determinar. La he visto dirigir un ejército. La he visto atravesar con sus flechas enemigos y monstruos. La he visto temer por mí. La he visto quererme.

Se sentó a mi lado, mientras yo admiraba el festival lumínico creado por su emperatriz. Respetó mi arrobamiento con un silencio que yo sabía que hería su alma. Cuando la espiral se diluyó en lo oscuro, tomó mi mano entre las suyas. Acariciaba con un dedo las venas que riegan el envés nervudo de la única parte de mi cuerpo que está delgada.

—Quédate.

—¿Para qué?

—Para ayudarnos, como has hecho.

—Ya no necesitáis mi ayuda. No hay rival en los cielos para la emperatriz.

—Pues para ayudarme a mí.

—Tampoco me necesitas. Eres joven y fuerte, y estás llamada a mandar sobre los tuyos. Yo soy un viejo que tiene que volver a su lugar.

Trataba de responder lo más desapasionadamente posible. Solo así mis palabras tendrían un ápice de seguridad. Por un instante, Giselata calló. Solo por un instante.

—¿No hay nada aquí que te inste a quedarte?

No quería mirarla, no me atrevía, pero terminé haciéndolo. Sus ojos maravillosos de carbúnculo rampante no mostraban emoción alguna. No, eso no es cierto: esperaban.

—No —miento.

La más valiente de todos los boqmu se vino abajo. Soltó mi mano y recogió las suyas en el regazo. Una lágrima que pugnaba por salir humedeció sus ojos. Cerró los párpados. Intentaba evitar derramarla. Pero no había llegado hasta su posición sin luchar.

—Y… ¿me llevarías contigo?

Eso me sorprendió. El que respondió no fui yo, fue mi corazón. Habló solo. Nada de lo que dije tuvo algo que ver con mi cerebro.

—Pero… ¿qué dices? ¿Abandonarías todo cuanto conoces y amas? ¿A toda tu gente? ¿Vendrías a un lugar que no conoces? ¿A un lugar donde todos te mirarían como a un animal? No entenderías nada de lo que vieras, de lo que te dijeran. Serías algo extraño. Y por extraño, diferente del resto. Y por diferente del resto, sospechoso. Y por sospechoso, peligroso. Te apresarían. Te diseccionarían. En mi mundo, lo que se ignora se teme y lo que se teme se mata.

—No has respondido…

—Pero, ¿no me has oído? —Sus ojos aguardaban una respuesta. Podía verlo incluso en la penumbra nocturna—. ¿Por qué ibas a hacerlo? No logro imaginar razón alguna por la que nadie haría eso.

—Si no eres capaz de responderte a tu pregunta, entonces no puedo hacerlo yo.

No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos. Pero, fuera el que fuese, cuando terminamos, se levantó. El momento que nunca volvería había pasado.

Se fue sin una palabra.

Supe que nunca más la volvería a ver.

Por eso sé que no está ahí, despidiéndonos.

Solo queda un mar gris bajo un cielo gris que torna en violáceo y que llegará a ser negro. El viento arrecia. Las olas son cada vez mayores.

—Átate a algo —digo a Xavi—, la emperatriz nos guiará hacia donde tengamos que ir.

Lo recuerdo mucho más rápido que el viaje de ida.

La tempestad, gigantesca, temible, preciosa, nos fagocita pero, merced a alguna voluntad más fuerte, nuestro esquife se mantiene a flote. El brazo de la Emperatriz de los Cielos es muy largo y guía nuestra nave con mano firme. Hasta que deja de hacerlo.

Luego, el esperado fundido a negro.

…………………………………………………………….

Amanecemos en la Tierra a más de quince mil kilómetros y un océano de distancia de donde anochecimos. Es un lugar llamado Eaglehawk Neck, en Tasmania, un pequeño istmo flanqueado por una preciosa playa que mira al este, al Pacífico, con un orgullo que yo nunca conoceré. Una parejita había ido a pasar una semana de amor idílico en los Eaglehawk Pavilions. Casi se mueren del susto cuando irrumpimos en su nidito de amor. Pedimos agua y auxilio con palabras, pero nuestra apariencia debía gritar otra cosa. Temo haberles causado un trauma para toda su vida. Mientras él avisa a la policía, haciendo de su cuerpo un inútil escudo para su aterrorizada mujer, me miro en un espejo. Luego observo a Xavi. Por primera y única vez en la vida, nuestra apariencia es muy similar. Tenemos la piel y la lengua resecos. Granos de arena nos cubren desde el cabello hasta la última brizna de nuestras ropas. Los ojos asoman famélicos desde unos pozos agrietados por el sol que parecen no tener fondo. Tenemos la misma pinta que tendría el cuarto jinete del Apocalipsis tras haberse caído borracho del caballo y diez días de ayuno.

Pero da igual. Solo diecisiete mil kilómetros nos separan de XXXXX y de dar por finalizada esta odisea. Para lo que hemos pasado, poca cosa.

Solo un universo nos separa de Wautto y de lo que nunca volveremos a ver.

Ni a ser.

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Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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